smart factory fábrica inteligente

Dentro de lo que ya se denomina la 4ª Revolución Industrial, la de la automatización y digitalización de la producción, hay sectores que van mucho más avanzados que otros. Pongamos por ejemplo las fábricas de automóviles: gracias a la aplicación de las últimas tecnologías en materia de productividad, a la robotización y a la constante innovación (fruto de la presión comercial a la que se ve sometido todo el sector) las factorías europeas de automoción se mantienen a la cabeza en el ranking mundial de productividad, y eso a pesar de que fabricar un vehículo supone todo un desafío logístico, productivo y tecnológico en el que hay que ensamblar miles de piezas distintas que llegan de otros tantos proveedores diferentes y que deben encajar con precisión milimétrica. Esto permite a la industria europea del automóvil (y al ecosistema de empresas a su alrededor) ser competitiva con factorías de la zona del sudeste asiático, China o Latinoamérica, donde, a pesar de los menores costes laborales, no se logran alcanzar las mismas cotas de productividad.

La gran mayoría de las factorías de automóviles están ya en un estado muy avanzado de digitalización, por lo que ya pueden denominarse “fábricas inteligentes”. Tradicionalmente las innovaciones productivas del automóvil se han extendido después a otros sectores (desde la producción en cadena de la época de Henry Ford a la robotización, la logística ‘Just In Time’ o el Lean Manufacturing) por lo que con las fábricas inteligentes no hay ninguna duda de que se está ya siguiendo el mismo proceso de “contagio tecnológico”.

Cuando hablamos de smart factory, fábrica inteligente o fábrica conectada nos referimos a plantas de producción que interactúan en tiempo real en aspectos como la identificación de la demanda, la cadena de suministros, la reconfiguración de la producción, el mantenimiento, la logística y la expedición (y cualquier otro elemento de la cadena de valor) generando un flujo de información en tiempo real que es procesada y analizada para la toma de decisiones inmediatas o incluso con carácter predictivo.

¿Y a mi sector cómo le afecta? ¿Esto cómo se hace?

Cuando hablamos de fábricas inteligentes estas preguntas surgen en la mente de los responsables de muchas empresas. Obviamente la respuesta a estas preguntas requiere de un estudio profundo ya que cada sector y cada empresa son diferentes. La digitalización no es una tecnología sustitutiva, sino aditiva. No se trata de sustituir las cabezas pensantes por la Inteligencia Artificial, sino de sumar ambas para obtener una combinación que genere valor. Y a día de hoy no hablamos sólo del valor monetario inmediato sino también de valor para el cliente, valor medioambiental y valor en responsabilidad social corporativa.

En primer lugar, debemos asumir que el cliente ha cambiado su forma de relacionarse con la industria. En mayor o menor medida, el cliente de hoy utiliza tecnologías móviles, pasa mucho menos tiempo en su oficina y es un cliente conectado. A nivel comercial la tendencia predominante es el omnichannel o cliente multicanal en el que queremos que la experiencia de compra sea similar por cualquiera de los canales que utilice. Esto supone un desafío en cuanto a flexibilidad en la producción y capacidad de adaptación a una demanda que cambia muy rápidamente. Volviendo al ejemplo del automóvil, los fabricantes deben lanzar nuevos modelos cada año si no quieren perder el tren de la innovación, algo impensable hace 20 o 30 años.

Por tanto, la evolución tecnológica de la producción industrial debe adaptarse a esos nuevos requerimientos, y sólo puede hacerlo de forma competitiva si incorpora tecnologías que tengan en cuenta esta flexibilidad. Estas tecnologías son las siguientes:

  • Sensorización avanzada. Para que una fábrica inteligente funcione debe contar con un conjunto de sensores en cada paso del proceso productivo, que proporcionen información en tiempo real e incluso inspeccionen tanto el producto como la maquinaria para detectar fallos y corregirlos sin parar las líneas de producción. Hablamos del Internet de las Cosas (Internet of Things o IoT). Un sistema en el que las propias máquinas dialogan entre sí de forma constante al tiempo que generan un flujo de datos que permiten un avanzado grado de supervisión y control. No sólo hablamos de los robots tradicionales, sino también de sistemas autónomos conectados a la fábrica pero con capacidad para la toma de decisiones de forma individual.
  • Interoperabilidad y lenguajes comunes. Los componentes de una red de IoT en una o varias factorías (que pueden estar situadas en distintos lugares) deben tener un estándar de comunicación común que permita el diálogo y la entrega de datos de forma eficiente. La convivencia de diferentes estándares y protocolos de comunicación y gestión de los datos tiende a crear “compartimentos estancos” dentro de las empresas que son fuentes de ineficiencia y pérdida de productividad.
  • Ciberseguridad. Una smart factory tiene, necesariamente, que disponer de sistemas avanzados de ciberseguridad y backup, además de una adecuada cobertura de riesgos, para garantizar la continuidad de las operaciones ante un ataque informático. No olvidemos que el 80% de los ataques tienen a las empresas como objetivo.
  • Big Data e Inteligencia Artificial. La gran cantidad de datos generados precisa de un tratamiento y explotación adecuados. Las tecnologías del Big Data y la aplicación de algoritmos de Inteligencia Artificial permiten que los gestores de la empresa dispongan de toda la información que necesitan en cada momento sin necesidad de pedirla. La Inteligencia Artificial es una de las claves de la flexibilización de la producción, ya que la fábrica podrá adaptarse por sí sola a las circunstancias productivas de cada momento, desde la generación de pedidos a proveedores (o la elección entre varios proveedores distintos) a la optimización máxima del proceso productivo y el control logístico.
  • Modelización y simulación 3D. Realidad Virtual y Realidad Aumentada son tecnologías necesarias para que toda esta cantidad de datos puedan ser visualizados de forma intuitiva y en tiempo real. Para eso, la creación de un gemelo digital de la fábrica es una herramienta clave, ya que permite superponer a la realidad los datos necesarios (en caso de usar Realidad Aumentada) o sumergirse directamente en un modelo digital (Realidad Virtual) con el que se puede interactuar de forma natural, sin necesidad de sentarse a un teclado o tener grandes conocimientos de ingeniería. Además, los gemelos digitales permiten la realización de simulaciones de distintos escenarios usando datos reales, lo cual nos lleva del análisis forense (cosas que ya han pasado y no podemos cambiar) al análisis predictivo (cosas que van a pasar y a las que nos debemos adaptar). Del mismo modo, los gemelos digitales son una valiosísima herramienta para la optimización de inversiones en nueva maquinaria, ampliaciones e incluso nuevas fábricas.

Ya, pero todo esto de la fábrica inteligente es el futuro. ¿o no?

En absoluto. Todas estas tecnologías ya funcionan y están operativas en muchas factorías. Estamos hablando de presente, aquí y ahora, de un tren que ninguna industria debe perder. Obviamente, cada empresa requerirá un grado de digitalización diferente, pero la transformación digital de las empresas es transversal a todos los sectores. Las empresas tienen que digitalizarse porque el cliente ya lo ha hecho. Además, es la única manera de afrontar la mejora de productividad (hablamos de un promedio de un 20% sobre la cuenta de resultados) que una gran cantidad de industrias necesitan afrontar ya si quieren seguir compitiendo en el mercado.

Si la digitalización afecta a todos los sectores de la sociedad, obviamente el sector productivo no puede quedarse fuera. De hecho, los países europeos con mayor grado de robotización y digitalización industrial (como es el caso de Alemania) son los que más empleo han creado en los últimos años y los que aguantaron la crisis con más solidez. Las cifras demuestran que no es cierto que la robotización destruya puestos de trabajo, sino que los transforma y, de hecho, crea empleo neto. El tren está en la estación y ya han anunciado su salida, es hora de subirse a él.